LOS AMOS DEL PIANO BAR

Como en tantas y numerosas ocasiones previas, era la hora. Había llegado el tan ansiado día. Aquél que tenían marcado a fuego semana tras semana en el calendario. No les hacia falta ni tan siquiera establecer una cita previa. No les hacia falta enviar mensaje alguno. Nunca renunciaban a ese día. Ellos nunca fallaban.

Como de costumbre se reunieron una vez más entorno a la mesa. La misma de siempre. Aquél trozo de madera que tantas historias había escuchado. Podía considerarse como una más del grupo. Siendo partícipe de alegrías y celebraciones, pero también de lloros y momentos no tan gozosos. Pero ella tampoco fallaba. De igual modo, de una pasmosa curiosidad era el hecho de que en ese bar, el camarero no les preguntara que deseaban, o no, tomar. De sobra le era sabido. Llevaban años visitando aquella vieja tasca. Eran más que conocidos.

Como en toda buena historia, la figura femenina siempre era necesaria. No obstante, esta no era una mujer cualquiera. Ellos acompañaban esos magníficos momentos con una rubia digna de cada acontecimiento. Una rubia de las de vaso enjuagado previamente en agua. Una de aquellas con un dedo de espuma blanca a modo de cabello. La rubia de miles e hipnóticas burbujas que danzan indomables en su interior. La misma cuyas gotas frías recorren su sinuoso contorno. Una rubia de las de grifo.

Ciertamente, no eran de esos infames individuos que necesitan grandes aspiraciones y derroches para disfrutar de una noche memorable. Eran gente sencilla y humilde. De esos que apoyan el codo en la mesa y escuchan al camarada, sin importar la naturaleza de aquello que estuviera contando. Eran perros viejos y fieles. Con eso les bastaba.

Llegada la hora, uno a uno desaparecían entre un amistoso abrazo, un cariñoso beso y un “hasta luego”. Se retiraban a la hora oportuna. Esta era la única variante no establecida de cada semana. Sin embargo, se iban con el recuerdo de lo vivido y la certeza de que a la semana próxima, ellos estarían allí. Volverían a reunirse una vez más. En la misma tasca. En la misma mesa. Con la misma rubia indomable. Benditos bares.

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Aquél que inventó la cerveza, era un hombre sabio (Platón)

Felipe Gómez Rivas.

Título cedido por: Taburete

Imagen: Pinterest

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4 Comments

  1. Felipe, el artículo me recuerda a un libro que leí hace poco: “El bar de las grandes esperanzas” de J. R. Moehringer. No sé si lo habrás leído pero, si no es así, te lo recomiendo. También habla de la grandeza de los bares. Saludos y enhorabuena por tus letras. ¡Sigue así!

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